El uso de la toxina botulínica con fines estéticos, “descubierto” por una oftalmóloga en los años 80

03 Marzo 2017 - Publicado en Blog ¿Sabías qué?

frenteLa toxina botulínica es una sustancia generada por una bacteria llamada Clostridium Botulinum, que actúa paralizando los músculos en los que se inyecta. Su uso médico se remonta a los años 70 del siglo pasado, cuando empezó a emplearse en oftalmología.

Fue Alan Scott, un oftalmólogo de San Francisco (EEUU), quien primero la utilizó para corregir el estrabismo, aunque hasta 1989 no llegaría la autorización de la Food and Drugs Administration (FDA) estadounidense para comercializarla como tratamiento tanto de ese trastorno como del blefaroespasmo (movimiento sin control de los párpados), asociado a la distonía.

Poco a poco, la toxina botulínica comenzó a generalizarse en el abordaje de otras patologías, principalmente en el Reino Unido: en 1990, como tratamiento para aliviar la tortícolis espasmódica; en 2000, en su variante tipo B, para la distonía cervical, y un año después, para el exceso de sudoración o hiperhidrosis.

Usos estéticos

El uso de la toxina botulínica con fines estéticos fue consecuencia de un hecho casual, atribuido a los doctores canadienses Alastair y Jean Carruthers. Esta última, en 1987, estaba tratando a una paciente que sufría blefaroespasmo con toxina botulínica tipo A cuando se percató de que, al tiempo que se corregían los movimientos incontrolados del párpado, desaparecían las arrugas del entrecejo y las “patas de gallo”.

Tras este hallazgo, la Dra. Carruthers, oftalmóloga de la Universidad de Columbia Británica en Vancouver, y su esposo, el dermatólogo Alastair Carruthers, razonaron que el efecto descrito debía haber sido ocasionado por la relajación de la musculatura mimética facial. De este modo, comenzaron a inyectar toxina botulínica en la región glabelar y extendieron su investigación a las patas de gallo, las líneas naso-glabelares y algunas zonas del mentón.

Todas estas prácticas y estudios condujeron, en 1992, a la publicación de un primer artículo sobre el uso estético de la toxina botulínica A en el tratamiento de las líneas del espacio interciliar frontal, esto es, el espacio entre las cejas. Pasado un tiempo, la técnica acabó contando con una aceptación general y, a partir de 1995, su empleo aumentó exponencialmente, si bien no llegó a Francia y España hasta 2004. Desde entonces, ha sido aprobado en más de 40 países.

Las observaciones y posteriores estudios del matrimonio Carruthers dieron origen, pues, a una nueva era en la Cirugía Plástica mínimamente invasiva y, en la actualidad, la toxina botulínica es un tratamiento de gran popularidad, dada su sencillez y seguridad. Aun así, hay que tener en cuenta que estamos hablando de una potente neurotoxina, cuya aplicación debe ser realizada por un profesional cualificado con un conocimiento exhaustivo de la musculatura facial y la acción de la sustancia aplicada, así como una sólida formación en la técnica para inyectarla.

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